El amor a La Rioja en las plumas de Isabel Mércol, Samuel Diab y Ben Ami Schargrodsky

25/06/2010

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En exclusiva, EL DIARIO DE LA RIOJA presenta a continuación, y en su orden, las piezas ganadoras del certamen literario organizado por el Concejo Deliberante de la ciudad Capital, cuyos ganadores fueron la prestigiosa docente Isabel Mércol, el periodista Samuel Diab y el destacado médico Ben Ami Schargrodsky.

El trabajo de Isabel Mércol

EL ALMA DIAGUITA

La historia detrás de un poema poco conocido

“ Nadie lo supo nunca. Y las casuchas de los indios y los murallones del pucará quedaron solos…”
Carlos Villafuerte

El término quichua pukára tenía para los incas el significado de "fortaleza" o "castillo". Esta denominación se ha aplicado de manera tradicional a ruinas de construcciones antiguas, que adoptan la forma de círculos concéntricos de muros y fosos. Están situadas en la parte superior de lomas y cerros, y constituyen un rasgo muy repetido en el paisaje andino, desde el norte del Ecuador hasta el centro de Chile y del occidente argentino.

"Churo" (en quichua, churu = "caracol menudo para comer"), "churoloma" ("loma en forma de caracol"), "muyurco" ( muyu = círculo, redondez, cosa redonda, circular y urqu = cerro), "ingaloma" (compuesto quichua-castellano, loma de los incas) y otras menos comunes son las palabras con las cuales también se designan esas construcciones. Ello debido a que la imaginación popular identificó a los vestigios de los pucaráes con objetos de forma espiral terminados en punta. El perfil de estas lomas o cerros recuerda a una pirámide escalonada con gradas o andenes poco pronunciados, pues sus terrazas y fosos defensivos, paralelos y horizontales, cortan la pendiente de la ladera en sentido transversal.

En muchos casos, la erosión y en otros por la acción humana (el huaqueo = la palabra “huaca”, en idioma quechua, significa lugar sagrado, pero en la actualidad define a aquellos sitios arqueológicos donde se encuentran restos de tumbas preincaicas o incaicas. De huaca se ha derivado el verbo huaquear, que significa saquear el contenido de los restos arqueológicos por personas inescrupulosas dedicadas al comercio ilícito de bienes culturales), han devuelto a la ladera su pendiente natural , pero en muchos casos una huella borrosa de las terrazas originales aún puede llegar a apreciarse en la vegetación, como una sucesión de líneas paralelas horizontales.

Sobre la base de las noticias poco precisas que se pueden extraer de los cronistas y otros documentos coloniales, así como datos muy limitados de carácter arqueológico, se ha venido especulando entre algunos historiadores y otros estudiosos, alrededor de dos hipótesis principales respecto a sus constructores y a su función:

a) Fueron construidas por los incas para apoyar el esfuerzo bélico de sus ejércitos de conquista.
b) Fueron construidas por las etnias locales para defenderse de la amenaza inca.

Sea cual fuere la respuesta, todas las fortalezas prehispánicas estudiadas arqueológicamente presentan unos rasgos arquitectónicos y de ubicación homogéneos, que muestran que su construcción fue planeada y llevada a cabo siguiendo las instrucciones emanadas de una autoridad central y única, para un propósito común y una acción coordinada. Cada pucará está compuesto por un número variable de terrazas concéntricas sucesivas que van ascendiendo hacia la cumbre de la prominencia sobre la que se asienta la fortaleza.

Armando Raúl Bazán indica “ … por lo que atañe a los pucaráes o fortificaciones de piedra, / en La Rioja/los hay de época diaguita y los construidos por influencia incaica. Las crónicas de las guerras calchaquíes, especialmente Torrablanca y Lozano, dicen explícitamente cómo los indios utilizaban sus fortalezas emplazadas en la montaña para defenderse de los españoles”.Pero agrega: “..el pucará más importante es el que se conserva en Aconquija ( Catamarca), que ha sido reconocido y estudiado por Rex González, quien le atribuye origen incaico. Tiene mucha semejanza con las ruinar de Incallajta, cerca de Cochabamba ( Bolivia) y ambos están emplazados en sitios estratégicos para controlar tribus rebeldes al poder del inca. En su construcción, el imperio del Cuzco utilizaba mitimaes, o colonos forzosos de origen aymara”.

Nicolás Roque de la Fuente, por su parte, afirma que “.. el pucará de los Sauces dominaba la encrucijada de los principales caminos de la Sierra del Velasco, porque estas quebradas se utilizaban como caminos forzoso para llega a otros lugares”.

El diaguita, habitante natural de la zona en cuestión, fue calificado por los historiadores como inteligente, desarrollado, belicoso y rebelde. Víctor Hugo Robledo recoge la caracterización hecha por los misioneros jesuitas, que los describe como corpulentos, altos, fornidos. Con respecto a su estrategia de defensa, Robledo ratifica que “ los pucará o fuertes se construían en lugares altos y estratégicos para observar y atacar a los enemigos. A veces éstos eran tan grandes que hacen sospechar que hasta allí se trasladaba toda la población en determinadas épocas del año”.

Estas consideraciones son necesarias para entender una de las perspectivas desde la cual se puede escribir un poema. Si bien la literatura ha nacido en vinculación con la historia, a medida que han pasado los siglos, ha cobrado independencia y muy pocas veces un texto literario determina la precisión de datos o la determinación de verdad en los hechos históricos.

Pero la aparición de un autor, la publicación de un libro, la creación de cualquier obra artística está indisolublemente relacionada con el contexto histórico. Hay un lugar y una fecha para ella. Y el lector, destinatario y recreador de las palabras que lee o que escucha, puede reconstruir ese momento de la historia en el cual el texto fue imaginado, sentido, pensado, escrito. A ello agregará su propia vivencia en relación con el mundo representado.
Poemas, cuentos, leyendas y obras dramáticas relacionadas con los pueblos originarios del territorio riojano no abundan. Tampoco está generalizada su lectura. Quizá constituya una excepción la recientemente re-editada “Cantata Riojana”, que une a un texto significativo, el atractivo de la música y el canto, con lo cual penetra en el colectivo social de una manera particular.

Por ello, debe considerarse como un hecho importante que se pueda contar hoy con un ejemplar de publicación artesanal, casi familiar, de un poema titulado “CANTO A LA RIOJA”, el cual contiene solamente dos poemas: “CARDO EN FLOR” y el ya mencionado “ CANTO A LA RIOJA”, de un autor poco conocido: Rafael Ceballos Reyes ( 1900 - 1968 ).

UNA CASA, UNA FAMILIA.

Rafael Ceballos Reyes nació y murió el mismo día, un 15 de julio. La Rioja capital no solamente fue su cuna sino también el lugar donde elegiría para su postrer reposo. Y construyó su casa de piedra en la zona de La Quebrada. Árboles de la flora autóctona, arbustos de flores sencillas, olivos y un tranquilo curso de agua sostuvieron una vida dedicada, en principio, a la lectura y luego a la política, el periodismo, la docencia y a la poesía.

Fue hijo de Sofía Reyes y Heraclio Ceballos, ambos provenientes de familias tradicionales de estas tierras. Estudiante de Derecho en Córdoba, no concluyó la carrera. Militaba en el partido UCR junto con su hermano Raúl, quien luego fuera Senador Nacional por La Rioja. Tomó parte en la división del tradicional partido y luego pasó al grupo Antipersonalista, nombre que le dio a un periódico por él editado, de corta trayectoria. Fue funcionario del gobierno del Ing. Carlos Vallejo y profesor de Ciencias y Letras del Colegio Nacional “J.V.González” ( de 1930 a 1946 y entre 1956 y 1958 ). Así lo documenta el Prof. Carlos Alberto Lanzillotto en su “Historia del Colegio Nacional”, junto a otros prominentes hombres de letras y ciencias como Dardo de la Vega Díaz y Enrique Vera Barros Poco tiempo después trabajó en el Instituto Nacional de Previsión Social. Se casó con Martha Estela Guzmán Rodriguez, docente, y tuvieron cinco hijos: Rafael, Carlos, Marta , Estela y Margarita. Escribió poemas, algunas viñetas y artículos históricos, la mayoría de los cuales permanecen inéditos. Como socio del Club Social expuso en algunas tertulias literarias.

Era un hombre muy tranquilo, de muchos amigos, y lector constante. Le atraían el pasado colonial y la geografía. Como Joaquín V. González, pensaba que la base del conocimiento debe ser la geografía, porque ella respalda la comprensión de los hechos, pero a su vez, la contemplación de la naturaleza que lo rodeaba lo inclinaba hacia aquellos textos que podían responder interrogantes acerca del origen y misterios de la tierra, de los planetas, y se expresaba líricamente acerca de “ ese sortilegio natural de ensueño” que alentaba el amor por la provincia y la decisión de trabajar desde una trinchera partidaria. Así, después de los años 50, creó el Partido Demócrata Progresista en La Rioja, siguiendo el ideario de Lisandro de la Torre, a quien defendió en su fecunda acción de tribuno, de “ Fiscal de la Patria” y de pensador. Ese ideario le causó no pocos problemas , particularmente con el clero. Los últimos años de su vida los pasó alejado de esa y otras luchas, “apurando su final desde un desgarrado dolor interno”.

En noviembre de 1979, su hijo Carlos decide realizar una publicación artesanal, que ha circulado desde entonces solamente entre sus familiares y amigos. Contiene una breve reseña biográfica, la justificación del poema titulado “Cardo en Flor” y los dos poemas ya mencionados. Influenciado por un modernismo tardío, y con un fácil manejo del cuarteto endecasílabo, detiene en 176 versos, un momento de la historia riojana, sin que se pueda separar la imagen del sentimiento que lo ha inspirado. En la misma plaqueta, se incluye el poema “ Canto a La Rioja”, otro ejemplo de largo aliento en el que se mezclan la nostalgia con la admiración por un pasado heroico.

“CARDO EN FLOR”

“Un leve respiro de nube- llovizna tenue- produjo el despertar de los cardos, en nívea floración”, confiesa Rafael Ceballos Reyes en su justificación inicial.

La leyenda es simple y dolorosamente ejemplar: los cardones que hay en los valles son indios, que convertidos en plantas, aún vigilan los territorios de cuya posesión fueron despojados. Velan por la felicidad de sus habitantes que, de esta manera, nunca más serán perturbados por extraños en conquista de tierras.

En épocas posteriores al descubrimiento, el Inca, al ver que los españoles estaban dominando y martirizando a su pueblo, envió emisarios a los cuatro puntos del imperio para organizar las tropas y así dar un golpe mortal al invasor. Para ello, los guerreros se apostaron en puntos claves por donde pasarían los conquistadores, esperando la orden de atacarlos por sorpresa, pero esta orden nunca llegó pues los chasquis enviados fueron capturados en el camino y el Inca también fue capturado, torturado y muerto. Los valientes indios esperaron , esperaron y vieron, con desesperación, pasar las tropas enemigas sin recibir la orden de atacar. Así quedaron en sus puestos… sin tomar conciencia del paso del tiempo. La Pachamama, piadosa, los fue adormeciendo y haciéndolos parte de ella. Entonces unieron sus pies a la greda y la Madre Tierra los cubrió de espinas para evitar que los dañaran en su sueño. Aún hoy estos estoicos vigías esperan la orden que nunca llegará.

Ceballos Reyes divide el poema en cuatro partes: en la primera, se sitúa como cronista de una España invadida por los moros que busca en las rutas marítimas nuevos horizontes que la revaliden como hidalga. Defiende en las primeras estrofas de la segunda parte al español que no vino, al godo “impetuoso, fanático, sensual, caldeado en soles y curtido al viento”, pero luego advierte acerca de la falta de verdadera heroicidad de quienes lanzan al Inca “insaciables canes”. En la tercera parte el tono del poema abandona el registro épico y se desliza como el ojo que advierte los desparejos restos de un campo de batalla: el viejo poblado indígena ha sucumbido, las dulces quenas alientan en soledad, y la brisa ronda en las tardes murmurando , con llantos, la historia pasada. Finalmente, en la cuarta, se construye la metáfora que ha nacido de la leyenda antes mencionada: en la altura, despojado pero enhiesto, centinela fervoroso, el cardón ( el indio) todavía está ahí. Y le recuerda a quien desee interpretarlo, que allí hubo una civilización, un caserío, unas familias, un lenguaje, un canto y un cántaro que los albergaba a todos. Un pucará que no pudo defenderlos. En 1959 José Martiniano Paredes necesitó expresarlo de esta manera:

“ Los indios, todo silencio,
con los ojos desorbitados,
miraban la caravana
bajo el tibio sol de mayo.

Y en el valle de Yacampis
florecidos, unos cactos,
les daban la bienvenida
como con pañuelos blancos”

Y en 1961 , lo mismo hizo Héctor David Gatica:

“Quiero verme clavado en tus dolores,
en la sed empacada de los llanos
y asomar en el cactus de mi canto espinudo
con la blanca sonrisa de la flor del cardón”

Una advertencia: Ceballos Reyes habla, algunos años antes que los poetas mencionados más arriba, de cardos, no de cactos. ¿Hay una confusión fitogeográfica? Es posible que solo se trate de un recurso poético, no de un error en la denominación. En el periodista- poeta influye Arturo Capdevila, y con él, las búsquedas cultas del modernismo. No pueden haber dudas acerca de lo que mira y de la evocación que desatan esos “candelabros del sol y de la luna”, esas esculturas que se yerguen “ enhiestas, en hierática postura”, “penitentes de magra vestidura”: son “ cálices erguidos, vasos de sol”.

La cuarta y última parte del poema contiene más de una metáfora por estrofa, en un esfuerzo por desarrollar la idea de que el cardo= cardón es “una pena y una cuita”, y que encarna en su flor el alma del diaguita. De ese indio que ha sucumbido a pesar de su coraje y de sus fortificaciones. Se contraponen las imágenes de pesar, de amargura, de desprotección, de abandono, con las de una etapa “auroral” por la pasión bravía, por su mística belleza, enigmática y triunfal:

“Cristal sedeño con fulgor de aurora,
Dulce recuerdo en búcaro encarnado;
En romance floral un alma añora,
Quieta y doliente todo su pasado”.

¿Qué pretende el poeta cuando expresa su experiencia?

Octavio Paz contesta: “La poesía, ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. No piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia. No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que toca, sino volverlo sagrado. Por eso no es moral o inmoral; justa o injusta; falsa o verdadera, hermosa o fea. Es simplemente poesía de soledad o de comunión. Porque la poesía que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de la desesperación. Y tanto como un ruego puede ser una blasfemia”.

“Cardo en Flor” no es un poema- modelo, es probable que no sea incluido en antologías que recogen aquellas creaciones hitos en la historia de la Literatura de un país, de una región. Pero expresa de una manera sencilla la difícil conjunción entre el ayer lejano, que ha pasado y casi no se recuerda, y la historia no tan distante de un alma sensible que puede revivirlo a través del paisaje. Ese paisaje que hoy todavía está ahí, que se repite en esa y otras historias, y que muchas veces no es escuchado.

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Bibliografía

1.BAZÁN, A.R. ( 1992): “ Historia de La Rioja”. Bs. As. Ed .Plus Ultra
2.De la FUENTE, N.( 1969) : “ Manual de Historia de La Rioja”. Bs. As. Compañía Editora Riojana
3.ROBLEDO, V.H. (2007): “ La Rioja indígena”. La Rioja. Nexo Ediciones.
4.ROBLEDO, V.H. Ob. citada
5.LANZILLOTTO, C.A. ( 1973): “ Historia del Colegio Nacional”-Bs. As. Comisión Ejecutiva del Primer Centenario.
6.CEBALLOS, Rafael ( 1979): “ Cardo en Flor”. Edición familiar
7.CEBALLOS, Carlos: ( 2009 ). Entrevista.
8.PAREDES, J.M.( 1998): “Obra Poética”. La Rioja. Ed. Canguro
9.GATICA, H.D. ( 1996): “ Memoria de los Llanos”. La Rioja. Ed. Canguro


La poesía de Samuel Diab

Soy Tinkunaco

Algarroba, mistol, maíz y guanacos; mi alimento;
el agua discurre cristalina y dulce y el aire puro,
y mi piel cobriza, pies curtidos y mis ojos negros.
Mi pecho fuerte: flecha certera en mis brazos diestros.

Bucólica aldea en la que los viejos me enseñaron
que el puma no asesina, sino caza; que el árbol
y su umbría regodean nuestras siestas del estío
calma nuestra hambre y alumbra nuestros sueños.

Esos viejos venerables de paz en sus disputas
Habladores natos del pasado y leyendas que nacían
de sus lenguas dirigidas a los pequeños casi hombres;
ahora sé que sólo encerraban enseñanzas e ilusiones.

Era un mundo de paz, casi perfecto, y llegó el Inca
milenario, bravo, rígido; lengua extraña y golpeadora
con sus dioses extraños a los míos, cuasi inocentes
y sometidos fuimos y el pudor de las doncellas se lo dimos.

Pidió tributo y se lo dimos, pidió sumisión y recibieron.
Nada pedimos, mas igual nos enseñaron sus cuitas de alfareros,
y la urdimbre de telares nuevos, y oraciones a su Inti eterno.
Artesanos del camino, postas y su gran conocimiento.

**********

Superiores a los nuestros se decían y mezclamos nuestra raza,
Me llamaron Tinkunaco porque encuentro fui entre los gastas comarqueños y el legendario y viejo Cusco de leyendas;
mamacollas, aillus, mama quilla, inti, y el viejo Wiracocha.

Mis venerables enseñaron que el puma no asesina, sino caza
-en tanto las ramas crepitaban- y que sólo el hombre acobarda.
Kakán soy, Tinkunaco me llamaron desde que macho y hembra
se acoplaron para darle vuelo y nuevos bríos a mi raza.

Wiracocha y su deidades, más las nuestras se afincaron
en el corazón de los cacanes, y no hubo clan que no rogara
a la Madre Tierra; la dulce Pachamama ¡kusiya!, ¡kusiya!

Y así los siglos al pie del Wamatinag, oro y plata para el Inca.
Pachacutec, Tupac Yupanki, Huayna Capac, y Huáscar
y el último del linaje, Atahualpa, cóndor de quebradas alas.

Y yo Tinkunaco: con el Inca, con mi pueblo y las naciones
del Kakán que cobijaba esta tierra: Sanagasta, Nonogasta,
Vichigasta, Malligasta, Cochangasta y sus caciques portadores
de una vieja tradición del equilibrio, de paz y mansedumbre.

**********

De esa paz barbados hombres blancos me sacaron y alojaron
en la peor de las celadas: no sólo nos robaron nuestras almas;
nos robaron nuestras carnes y a la dulce Pachamama;
nos birlaron nuestra lengua, la kakana, y su uso la prohibieron.

Y fue La Rioja con Don Ramírez de Velasco y sus bravos
que de noche ultrajaban a las hembras de mi pueblo
y de día con la cruz nos sometía. He sabido del amargo
desembarco de estas gentes que me hicieron forastero.

*********

Parieron nuestras hembras del linaje fijodalgo.
Parieron nuestros bravos en la siembra ajena.
Parieron nuestros dioses ante un altar trinitario.
Parieron nuestras fuerzas y se perdieron las lanzas.

Sin honor y sin orgullo nos dijeron inferiores.
Un nuevo señor sometía nuestros brazos;
tributo renovado y más cruel y más sangriento.
En tanto el alcohol redimía nuestras penas.
Y la quena y el charango y la baguala
adormecían la nostalgia de los años buenos.

(El puma no asesina, sino caza, habían dicho los abuelos).

El bruñido de la espada sometía nuestras fuerzas,
Atacaban los poblados de las gentes buenas;
esclavizaban y saqueaban nuestras aguas y mataban
sin piedad los corazones y torcían nuestras mentes.

(Nos sangraba y torturaba el español, pero “no matéis”,
mataba, “no robéis”, robaba, y “amaos”, odiaba).

¡Cacique Coronilla! ¡Cuántos bravos te seguimos!
Y al pie del Wamatinag cuatro caballos te alzaron,
Y tus miembros esparcidos por los poblados riojanos
para espanto de la indiada y suficiencia del hispano.

(A todo eso le llamaron “tinkunaco”).

**********

(Pero yo -Tinkunaco a la fuerza- no estoy muerto.
vivo resguardado en las venas de esos indios blancos
que esconden pudorosos su acendrada esencia indiana.
Vivo en cada uno de sus rasgos; en sus cabellos,
en el renegrido de sus ojos y en cada boca
de la morena hermosa.
Yo, que me han hecho Tinkunaco forzado, estoy
en cada uno de los hombres de mi pueblo y vago
entre esa piel cobriza y esos ojos linces;
y aunque mi kakán está olvidado
me queda el recuerdo de los gastas).

Hoy luzco alegre y sincero, traje y corbata
y espejillos de colores y ruana me lleva;
deleite de miles; sensación del alma
en cada Tinkunaco de esta Rioja amada.

Soy Tinkunaco.



El escrito de Ben Ami Schargrodsky

LA PORTEÑA EN LA SALAMANCA (AGNUS DEI)

Bernardo observó su living. Silvia ponía un exquisito toque femenino en todo. Lograba hacer de la pequeña casa, algo así como su departamentito en Avenida Santa Fe, casi Montevideo. Silvia lo saludó con un beso y se fue al Ministerio, donde era un importante asesor. Se podría decir que era el único verdadero economista de la Provincia. Silvia limpió algo más, tratando de no ensuciar su vestido blanco (de entrecasa, pero blanco) y abriendo la puerta corrediza que daba al patio, se instaló en el sillón a leer “Las manos sucias” de Sastre, pero en francés: “Les mains sales”. Estaba en la parte en que Hugo discute con Jéssica si debe matar o no a Hoederer. Inevitablemente divaga acerca del trabajo de Bernardo que los hizo mudarse a este espantoso desierto llamado La Rioja. Al mismo tiempo, Bernardo sudaba en la oficina. Esta calurosa habitación del Ministerio de Economía (era casi toda de vidrio y daba al Oeste) era lo que más lo irritaba. A pesar del aire acondicionado, cuando en La Rioja la sensación térmica trepa los 60ºC, el aire acondicionado es una burla…¡52ºC! marcaba, con el aire al máximo de refrigeración, el termómetro de pared. Bernardo sabía que era el precio por obtener el cubículo de Poder alcanzado. Corría el año 1991. Este calor le proporcionaba los buenos vinos, los costosos trajes, los viajes al exterior, las editoriales de puertas muy abiertas, la esposa rica, todo provenía de allí. ¡París bien vale una misa! Si bien su contrato rezaba “economista, Asesor de Gobierno”, Bernardo era, en realidad, el “arquitecto” de las estafas electorales del sempiterno partido gobernante, y el lavador, o mejor dicho, el “tintorero” de las estafas económicas al erario y por supuesto, a la sufrida población del lugar. No era de hoy que esto sucedía. Ni tampoco sólo con éste Partido. Ya lo decían Borges y Bioy Casares, cuando bajo el seudónimo de Bustos Domecq, escribían en 1942: “El asunto estaba más arreglado que una elección en La Rioja”.

Silvia no tenía idea de lo que pensaba Bernardo en ese momento (y casi en ninguno) pues como muchas parejas de la alta burguesía, eran matrimonio de “sábado y domingo”. De lunes a viernes él trabaja y ella “descansa”. Tenían demasiado poco tiempo de casados como para que ella tuviera un amante. Para Bernardo, eso no fue obstáculo. Eran algo más de las 18 hs y Silvia, a su modo, estaba feliz. Recordaba su entusiasmo al recibirse de abogada, así como la decepción de no ejercer. De hecho, tampoco lo precisaba. Cuando alguna amiga no muy íntima le preguntó como había hecho para pagar su fastuosa fiesta de casamiento en el Alvear Palace Hotel (150.000 U$S, y me quedo corto) similar en lujo a la de Maradona en el Luna Park, con siete orquestas y todo, incluidas las zapatillas de ballet a las siete de la mañana, “para las cansadas”; Silvia, enigmáticamente le inquirió a su vez:-¿vos sabés lo que es un “arbolito”?- Sí, un tipo que vende dólares en la calle- Bueno, mi viejo es un “bosque”—

Silvia no ejercía, no salía de casa, salvo con Bernardo, o los fines de semana en que generalmente “huían” a Buenos Aires. Silvia lo adoraba a Cavallo, bastante por las “ventajas” de Bernardo en el Ministerio de la Nación, pero sobre todo porque los hacía viajar a la Capital. Renacía cuando pisaba nuevamente Santa Fe, la Recoleta, la “Richmond”…

Retornó a su Sartre en francés (“es tan chic”). Poco tiempo después escucha algo así como el llanto de un niño, en el fondo del patio. Primero era un simple quejido, como el de un bebé gimiendo, molesto por los pañales sucios. Luego era ya un llanto neto. Curiosa, deja el libro sobre la mesa ratona y sale al patio. El llanto provenía del otro lado de la tapia, la cual carecía aún de las columnas, mostrando en su lugar los esqueléticos hierros del 4,2 mirando al cielo. Se acercó algo más para espiar. ¡Nunca lo
hubiera hecho! Sus ojos, dilatándose geométricamente, vieron a un cabrito chico dando sus últimos estertores y con ellos, sus postreros pasos. Su cabecita degollada y colgando a un lado, emitía aún quejidos similares a los de un niño llorando. La sangre brotaba a borbotones del cuello seccionado. A pocos metros de ahí, un corpulento hombre de rostro achinado, cara redonda como luna llena, la rotosa musculosa que alguna vez fuera blanca, manchada a pleno con sangre. En la mano semejante cuchilla como para matar toros. Sangre por todos lados. El hombre la mira y sus ojos se achinan aún más. Silvia nunca toleró la visión de la sangre. Ni siquiera soportaba que alguno bebiera un “Bloody Mary” en Mau-Mau, en sus bailes de adolescente. La “irrealidad” de lo que veía era demasiado para ella. Quedó paralizada. Viendo que el hombre se acercaba, gritó con toda la histeria de la que era capaz, gira sobre sí misma y corre. Atraviesa patio, living, hall, la calle, la esquina, más esquinas, corre, corre, corre, hasta que se le acaba la cuadra (la calle hacía ese pequeño quiebre de cortarse, seguir pocos metros hacia alguno de los lados y después seguir por el mismo rumbo anterior, y que los riojanos llaman “quenco”) y se enfrenta a una blanca pared pintada a cal y con un imponente grafitti: AGNUS DEI. Conocedora de latines tanto por profesión como por sus curas confesores del Opus Dei, siente que el pánico, como si fuera una araña, le va invadiendo todo el cuerpo, se le escapan los sentidos y desaparece en un torbellino negro que, literalmente, la devora.

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Despierta en una cueva poco profunda, tan pequeña que casi alcanza la “puerta” con la mano. Casi. A su lado, el vecino de la cuchilla, ahora desarmado. Desarmado es un decir pues sus brazos de por sí ya eran armas. Era de noche. Medianoche, aunque Silvia no lo sabe. Tiene ese gesto automático de sacarse reloj, aros y collar cuando se sienta a leer. Pulsera no usa. El hueco de la caverna muestra una gran luminosidad, típica de la luna llena, pero de repente se levantan remolinos de tierra colorada, de esos que la gente de Sanagasta, el pueblo cercano, llama “Huayra-Muyoj”: “El Viento da vueltas” y cuyos reflejos rojizos son denominados “Huayra-Puca”, “El Viento Colorado”, o como los llaman los de raza blanca, el Zonda. La hora, el lugar, los genes, hacen que Pepe (tal el nombre del vecino) entre en trance. A poco, se visualizan, muy de a poco, como pidiendo permiso, las imágenes de la Virgen y de Cristo. Brillan como pepitas de oro los ojos de Pepe, se abre su sonrisa, y con un resto de acuyico, escupe ambas imágenes. Silvia mira horrorizada como al tiempo que se cierra la puerta de la cueva, se va abriendo tremendo socavón para el lado del fondo, mientras la Virgen y Cristo se “derriten”, como si fueran los cirios de una Iglesia. Pepe la alza en vilo y se la lleva socavón abajo. “De bien estar”, dijeran los riojanos, suena una música extraña pero agradable, y subrepticiamente la oscuridad va cediendo paso a una tenue luminosidad que brevemente estalla en resplandor, cuando desembocan en una enorme caverna acumulada, semejante a una Catedral (¿no es que también era un Ángel, el más hermoso?). La luz era rojiza, como de lava. Estaban presentes todo tipo de personajes: el Mikilo, con sus pies al revés y su sombrero; el Yasí-Yateré, que andaba de paso; la ingenua candidez de Carboncillo, con su flor azul en el bolsillo; la Viuda, y sus larguísimas uñas; la Mulánima, trotando por si encontraba su cabeza; el Basilisco y su único y enorme ojo; en fin, brujas, duendes, algún que otro lobizón, y un espectacular Macho Cabrío, que no era otro que el mismísimo Zupay en persona. Silvia no entendía nada. Más que en trance estaba transculturalizada. Preguntaba a que hora salía el Tren de la Costa, si faltaba mucho para Puerto Madero, si todavía estaban en cartel Les Luthiers, cuando llegaba el alíscafo de Colonia…

Las brujas la retornaron rápidamente a Sanagasta. Probó la añapa y pensó que tenía olor, color, sabor y consistencia a diarrea infantil (y eso que era tía, y no madre); la aloja la refrescó; el patay le pareció un ladrillo; el arrope la empalagó; el queso í pata semejaba una gelatina con ají; el quesillo otro ladrillo, pero con gusto a leche cortada; los vinitos pateros le gustaron, tanto el cocido como el otro; la grapa anisada la mareó; y la cabeza guateada directamente la hizo vomitar. Le sacaron toda la ropa y le pusieron un ponchito retacón, tejido a pala. Caminó sobre brasas sin quemarse, la latiguearon con varillas de paraíso, fumó chala, tomó un “San Pedro” y comió locro con ucuchita. Forastero o no, el Yasí-Yateré se sumó al aquelarre, desenrrolló su tremendo “cipote” y se lo refregó por todos lados pero no la penetró (ni Zupay permitiría) salvo un poquito, en la boca. La Viuda había comenzado a arañarla, al tiempo que la acariciaba y por eso mismo, al comprobar que era mujer, la dejó. Como es su inveterada costumbre, Carboncillo intentó echarle brasas en los ojos, pero, ya se sabe, siempre tuvo pésima puntería. Finalmente, se acercó Zupay, el Macho Cabrío vestido de gaucho. La miró fijo, muy fijo. Fue lo suficiente. Silvia perdió las pocas defensas que le quedaban. La Biela, el Centro Recoleta, la Costanera, desaparecieron como por encanto. Se acercó en puntitas de pie, sumisa y ya despojada (por sí misma) del ponchito, se arrastró e intentó realizarle sexo oral al enorme caño desplegado por el Mandinga, quien, de todos modos, sonrió. Esto fue apenas el inicio del gozo. EL GOZO. Todo lo anterior había sido una mala obra de teatro. Se abrazó a sus patas peludas y esperó. No tuvo que hacerlo por mucho tiempo. Zupay la fue envolviendo con sus patas delanteras y traseras. Como buen cabrío, la puso en cuatro patas y la poseyó por atrás. Silvia ululaba de placer. Era como un tobogán: el placer era un inmenso conducto, algo así como un caño de PVC ligeramente humedecido, con infinitos vericuetos en donde cada vuelta o recodo era una nueva sensación, más placentera que la anterior. Silvia (supone) que luego entró por adelante, reverberando el clítoris como campanilla, sintiendo, además, un torrente de semen que la invadía. Zupay usó, también, la lengua. Era un pene o una mano más. Hurgó boca, oreja, ano, con prolijidad, minuciosamente, con ademanes de experto (lo era). Más tarde, sus patas se volvieron brazos y manos y adquirió forma humana. Se entrelazaron y rodaron por el suelo hasta constituirse en Huayra-Muyoj, en loco torbellino, en tornado de tierra, la vieja Pacha-Mama. A estas alturas, Silvia carecía ya completamente de conciencia, pero no de sensopercepción. Era una máquina de gozar, aceitada, nuevita, completa, el lujo de cualquier artesano. Gozó. Gozó hasta lo sublime. Era (paradójicamente) una Catedral, un Vaticano de gozo. No era el Cielo, no, antes bien, era el Infierno quien le otorgaba un goce que la Basílica del Socorro siempre le había negado, salvo cuando la usaba de lugar de citas, pero, aquellos amantes suyos de aquellos tiempos, no le llegaban ni a las rodillas al Malo. El color rojo la fue impregnando hasta que perdió, ya por completo, toda capacidad de sentir. La de pensar era ya historia antigua y la de actuar, mejor no hablemos.

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La habitación en penumbras, las cortinas lisas color crema, mas la corrediza de algarrobo tapaba toda posibilidad de luz, el espejo meticulosamente limpio, las finas sábanas de lino de Holanda, crujían de tanto almidón (¿quién usaba almidón hoy en día en Argentina? Pero estaban en La Rioja…). Silvia, acurrucada en la inmensa cama, hervía de fiebre. Como si fuera un televisor con “lluvia”, veía a su marido hablando con Miguel, el médico amigo de la familia. Hablaban en voz baja, casi conspirativa, con rostros serios. Subrepticiamente, como al descuido, giraban la cabeza, meneándola, la observaban ligeramente, y volvían a lo suyo. El médico inspiraba una calma profunda, pero su rostro mostraba una preocupación que iba más allá de lo biológico. Bernardo escuchaba incrédulo. Negaba con la cabeza, pero callaba. Silvia volvió a perder la conciencia.

Silvia quedó embarazada. Fue un embarazo plácido, tranquilo, ni vómitos tuvo. Sólo, esporádicamente, tenía extraños sueños que le recordaban lo ¿vivido? en la Salamanca (¿cómo sabía el nombre, si nunca nadie se lo dijo?). También musitaba, entre sueños , el nombre de Zupay. Bernardo oía, y fruncía el ceño. Su mente “científica” le impedía aceptar lo esotérico, lo sobrenatural, lo mágico. Todo eso eran cuentos de borrachos en la rueda del fogón, cosas de vagos. Pero…

La panza de Silvia crecía enorme, bien en punta. Casi no redondeó las caderas, lo cual, sumado al “test” de la cuchara y del cuchillo, hacía que las mayores del barrio afirmaran sin pizca de duda: ¡Es varón! La ciencia folklórica tiene más adeptos que la médica y, a veces, puede ser más certera. Lo que podría haber llamado la atención, en Silvia no tuvo lugar. Silvia siempre fue vegetariana, pero ahora se alimentaba exclusivamente de verduras de hoja y verduras. Rechazaba con cierta repugnancia la carne, muy especialmente la de cabrito. Si antes no salía ni a la puerta de calle (las compras las hacía el pobre Bernardo), en lo actual se había convertido directamente en una ermitaña. Ya ni siquiera quería viajar a Buenos Aires y no se movió de La Rioja durante todo el embarazo, como si la ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja tuviera determinado magnetismo (de hecho, lo tiene). Un par de amigas se turnaban para cuidar de ella cuando Bernardo debía viajar a la Capital, lo cual, de todos modos, era cada vez menos frecuente, y no por culpa de Cavallo.

Llegó el momento del parto. Era el 1º de Agosto. El olor a ruda y a ajo campeaba por todas las casas riojanas. Bernardo y Silvia no son riojanos. Su casa huele a lavanda y a pino. Tuvo primero una única contracción, muy fuerte y dolorosa. Recién como a las seis horas tuvo la segunda. Pasadas otras seis horas, comenzó el baile. Al principio cada seis minutos una breve conmoción. Luego más y más rítmicas y rápidas, como si el ser por nacer tuviera urgencia por salir. En este lapso expulsó el tapón y perdió líquido. Como en un ensueño, apretando la mano de Bernardo, extrañamente fría comparada con la suya, tan febril, trepidó en la ambulancia rumbo a la Clínica. El tamaño de la criatura y un raro monitoreo fetal que dejó sin diagnóstico a los médicos, obligaron a realizar una cesárea. Se usó Diazepan como pre-anestesia, pero no la adormeció, como es usual. Se decidieron por la Ketamina como anestesia. Por sus acostumbrados efectos alucinatorios, tanto el ginecólogo como el anestesista hicieron caso omiso de la expresión de terror que presentaba Silvia. Serán pesadillas, pensaron, y se abocaron a su tarea. Al abrir, surgió un extraño olor que nadie reconoció. Bueno, nadie no. Miguel, el médico amigo de Bernardo, quien se hallaba a su lado en la sala de partos, ambos a un costado, cerca del tubo de oxígeno suplementario, reconoció perfectamente el azufre que añadían al clorato de potasio, al nitrato de amonio y al aluminio con que fabricaban sus caseras bombas de rebeldes, cuando estudiantes. Tal vez por faltar los otros elementos, demoró en reconocerlo, pero al tiempo no tuvo dudas. No dijo nada, menos le diría a Bernardo, pero se mantuvo alerta, tal cual como cuando con esas bombas combatían a Onganía, Levingston o Lanusse. Tras las habituales maniobras, envuelto en sangre, lo que ocultó su rojiza piel, salió la criatura. Era un varón voluminoso, incluso en su atributo de varón. No pesaba menos de cinco kilos. Se le observaban dos pequeñas protuberancias en las sienes. Lo envolvieron en una sabanita y se lo entregaron a la neonatóloga. Ésta comenzó su labor, lo lavó, mirándolo extrañada, y al intentar examinar la permeabilidad de los orificios, estremeció a toda la sala con su grito: “¡Tiene pelos y lana!”.

Todos se quedaron petrificados, menos Bernardo y Miguel. Súbitamente, con rápido, pero seguro ademán, Bernardo empuñó un bisturí, con decisión ya prefigurada. Miguel intentó tomarle el brazo, pero Bernardo, más corpulento y además enardecido, lo empujó contra el tubo de oxígeno y lo hizo caer. Luego, en suave vaivén se fue aproximando a la camilla, sin saber todavía por donde empezar, si por la madre o el niño. Tras breve hesitación, con gesto decidido, encaró al recién nacido, ante la atónita mirada de los médicos y enfermeras que quedaron sin acción, y lo degolló de un solo tajo circular y preciso. Éste, con la cabeza pendulando hacia un costado y emitiendo un tierno llanto de bebé, semejante al del cabrito que viera Silvia en el patio de Pepe, aún esbozó algún movimiento estertóreo en la camilla antes de caer al suelo, definitivamente decapitado y silencioso. La neonatóloga se derrumbó como bolsa de papas, quedando su cabeza al lado de la del mandinguita. Hizo años de terapia, pero nunca quedó igual. Mejoró un poco cuando se estableció como amante de Miguel, que fue el último psiquiatra que la asistió, a través del sencillo método de trocar terapia por sexo.

El marido, ya más calmo, se volvió hacia Silvia. Los profesionales de la sala de partos aún eran un mero decorado inmóvil, pletóricos de horror. Silvia cerró los ojos y esperó. Con algo de imaginación, se podría decir que movió los labios. No se sabe bien si era una sonrisa, una mueca, o un rezo.-

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